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Home Cultura Literatura

Adán Arriaga Andrade. Por Arnoldo Palacios.

Chocó 7 días by Chocó 7 días
22 octubre, 2023
in Literatura
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Adán Arriaga Andrade. Por Arnoldo Palacios.

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Por Arnoldo Palacios, Publicado en Sábado el 21 de octubre de 1944.

Hace unos siete años vi por primera vez al egregio Adán Arriaga Andrade. Pronunciaba él en Cértegui (Chocó) una de sus más estupendas piezas oratorias: hablaba de reivindicaciones sociales, de obrerismo, de masas trabajadoras; comentaba todas las constituciones y sistemas filosóficos del mundo; tocó el origen del hombre, la propiedad privada y el Estado; citó a Nietzsche, Buda, César, Locke, Rousseau, Lavoisier, Gandhi, Pasteur, Cristo. Evocó a María y a Graziella; a Atala y a Virginia. Todo en un lenguaje digno de Fray Luis de León.

El pueblo se había congregado a escuchar el evangelio en boca de uno de los más ilustres conductores del liberalismo. En la tribuna, Arriaga se golpeaba el pecho, se sacudía la melena y azotaba el puño sobre el balcón en señal de indignación por la miseria popular. Analizó profundamente el problema económico, político y educativo del Chocó.

(Ahora, ¿por qué el doctor Arriaga que conoce a fondo esos problemas no ha tratado de resolverlos?)

Terminó su oración y en medio de la multitud parecía el más humilde de los trabajadores: Arriaga en sus campañas viste con el dril más ordinario, desayuna con plátano cocido y agua de panela, almuerza y come bocachico asado y viaja en canoa.

Esta corta anécdota muestra mejor su modestia: estaba él en Cértegui. Mientras charlaba y bebía trago con unos amigos se le ocurrió pedir un vaso de agua a la cantinera, la cual se lo trajo con mucha especialidad, pero no se fijó que el agua contenía una hormiga. Oportunamente alguien lo advirtió a Arriaga que respondió tranquilamente:

“La hormiga es un remedio”, y se bebió el agua. El comentario alrededor de su discurso corría por todos los ámbitos. Las lavanderas en el río se decían:

“Comadre, créame que ese blanco sí habló bien… pero no igual al negro Córdoba”.

En el fondo el pueblo no simpatizaba con Arriaga a pesar de su elocuencia. Don José Venancio Palacios, mi padre, jefe liberal en Cértegui desde hace unos cuarenta años y quien no ha dejado de luchar un momento de su vida por el partido, había hecho saber que el candidato del pueblo era Diego Luis Córdoba y no Arriaga, advirtiendo, como buen liberal, que debían escuchar la conferencia de Arriaga, puesto que todo el mundo tenía derecho a expresar sus ideas. Además, Arriaga acababa de salir de intendente y Cértegui no había obtenido de su equitativo gobierno ni siquiera un grano de pólvora para la celebración del 20 de julio.

Eso fue en 1939; tenía yo catorce años y con otros muchachos nos atrevimos a gritarle en su cara: “Arriaga NO”. Él nos miró y se puso a reír entre el humo de su cigarrillo habitual. Cómo se habrá sorprendido hoy el señor ministro al ver, dizque reporteándolo, a ese muchachito que le gritó en su cara: “Arriaga NO”. Y para colmo de mi mal aún estoy esperando su respuesta a las preguntas que le hice. Desde entonces está él metido de lleno en la política del Chocó; y no le importa jurar en vano por las criaturas, si con ello ha de venir a la Cámara.

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El drama de su vida

Como político, Arriaga tiene hazañas dignas del bronce. Su vida ha sido un continuo drama que se desarrolla, unas veces en su contra, y otras a favor. Sería imposible hablar de él sin mencionar a Diego Luis Córdoba. Eternamente se han encontrado. Dicen que el primer debate lo tuvieron en Medellín, siendo estudiantes; ambos participaban de ideas socialistas, cuando de un momento a otro Arriaguita le hizo una jugada pesada a Dieguito.

Más tarde, estando Arriaga como intendente del Chocó, hubo una temporada en que los comerciantes exageraron el precio de la sal. El pueblo no podía comprarla y llamó a su defensor Córdoba a que le pusiese coto al asunto.

El vulgo ha inventado un bochinche, según el cual, el señor intendente Arriaga se alió con los acaparadores para hacer ir a Córdoba a la cárcel acusándolo de haber azuzado al pueblo a que saquease las bodegas. Repito que esto es una leyenda.

Ese día Córdoba y Arriaga casi se matan en el Palacio Intendencial. Y no han dejado de encontrarse, especialmente en las elecciones para representantes. No obstante, en 1941, Arriaga, cuya inteligencia en estas cosas de política es indiscutible, calculó que no vendría a la Cámara mientras no fuera en alianza con Diego Luis. Propuso el eje Arriaga-Córdoba, era moda lo del eje Hitler-Mussolini. Ya estaba agitada la segunda candidatura de Alfonso López. Al fin Córdoba aceptó la unión porque ambos eran lopistas y debían combatir y derrotar a Sergio Abadía Arango, más antilopez que Juan Lozano.

El intendente del Chocó también era antilopista, y, como en el Chocó casi siempre gana el candidato del intendente, porque este puede dar aguardiente libre el día de las elecciones, Arriaga vio su curul en peligro y de la noche a la mañana volvió la espalda a Diego Luis Córdoba y se fue con Sergio Abadía Arango. Mas este acto, no es ningún pecado; sólo que Arriaga es un hombre decidido en el camino del triunfo y deseaba defender los intereses de la patria en el parlamento.

Tenía asegurada la representación para ese período y se labraría la del siguiente. ¿Cómo? La agitación del lopismo continuó en Colombia y Arriaga se hacía cada vez más reeleccionista. Volvió al Chocó a sustentar la candidatura del doctor López. No halló resistencia contra sí porque todo el pueblo era liberal lopista. Así la masa olvidaba la faltica anterior y veía en Arriaga un denodado defensor del partido.

Triunfó López y Arriaga fue más lopista que el primer día. Como el pueblo debía enviar liberales lopistas al parlamento, fue el momento propicio para levantarse Arriaga. Se enlistó con su viejo contendor Córdoba. Los electores no miraron bien este segundo eje, problema que se arregló metiendo de por medio el lopismo. Y aquí lo tenemos.

Aunque Arriaga es un hombre que “aprovecha el minuto oportuno” su situación política en el Chocó está variando muchísimo. El pueblo ya está cansado de esperar la efectividad de sus promesas que escritas llenarían muchos volúmenes.

En la costa del Pacífico se han convencido de que no tendrán jamás el transatlántico y que seguirán viajando en sus pequeños botes al amparo de Dios y del viento. En Cértegui, Raspadura, Yuto, San Pablo-Adentro perdieron la esperanza de la carretera. En Nóvita y Paimadó saben que lo de la planta eléctrica es un mito. Los obreros de la “Choco-Pacífico” están persuadidos de que eso de las reivindicaciones sociales son palabras bellas.

Pero precisamente ahora que el doctor Arriaga está de Ministro de Trabajo, tiene oportunidad para restablecer su prestigio y confianza entre los obreros chocoanos. Ahora que está de ministro de higiene y previsión social, tiene en sus manos la ocasión de hacer los alcantarillados de los pueblos chocoanos, de higienizar bien los campos y dotar los hospitales de todo lo necesario.

Él sabe “aprovechar el minuto oportuno” y el minuto oportuno se le presenta. Lo que más ha disgustado de los actos de Arriaga es la Ley 2° de 1943. Él no calculó que el pueblo penetraría en los errores, se dice que voluntarios, de tal ley, que causó en el Chocó general conmoción de protesta.

No comento aquí la ley Arriaga, como la llamaron los periódicos, porque ello requiere mucho más espacio, pero lo haré próximamente. Sin embargo, invito a los honorables representantes que la aprobaron y al expresidente encargado de la república, doctor Darío Echandía a que en sus ratos de ocio la revisen.

El ministro

Es cierto que Colombia es un país democrático, amén de sus imperfecciones. Marco Fidel Suárez, como la palma que se yergue de la maleza, cual el oro o el diamante que del barro van al dedo de la emperatriz, surgió para la presidencia de la república. Él en todos los instantes de su existencia trató de superarse mediante el estudio y la labor constantes; por eso nos legó su inmortal “Oración a Jesucristo”, sólo después de catorce años de desvelos sobre ella.

La llegada de Adán Arriaga Andrade al ministerio es un aliento más para los humildes hijos de Colombia en su afán de superación. Arriaga es un hombre nacido en el Chocó, bajo un techo sencillísimo, de raza india y negra y mulata, estudió con sacrificio y ha sufrido las durezas y desilusiones de la vida. Cursaba el tercero o cuarto año de derecho y se fue a pasar las vacaciones a Quibdó. Un ciudadano amigo suyo, que conocía la educación y el aprovechamiento de Arriaga en sus estudios, lo invitó a una fiesta a la que asistirían muchachas de lo más granado de la altísima sociedad quibdoseña.

Lo que allá denominan carrera Primera. Todas se asombraron al ver que Arriaga era uno de los invitados. Una de ellas arrugó el ceño despectivamente, diciendo al jefe de la fiesta: “Si este negro va a bailar aquí, yo me retiro”. Como el que había llamado a Arriaga era individuo consciente no le hizo caso y la música continuó sin interrupción. El padre de la niña vino y se la llevó.

Sinceramente yo pregunto: ¿de dónde resultó, y qué vale esa alcurnia quibdoseña? ¿Cuál de sus miembros le alcanza siquiera a las rodillas a Adán Arriaga Andrade?

Lo curioso del cuento es que hoy ella misma es la esposa del señor ministro, quien la habrá llevado a bailar en los grandes salones. Este acto de Arriaga Andrade ennoblece su espíritu y constituye un bello ejemplo del cristianismo para la juventud, es el eco de la Cruz que aún resuena en el corazón de los hombres: “Señor, ¡perdónalos porque no saben lo que hacen!”.

Aunque Arriaga no es humanista, ni eminente jurisconsulto, ni acabado estadista, ni filósofo, ni poeta, sí puede desempeñar con brillo su ministerio de trabajo, higiene y previsión social, porque es lo suficientemente inteligente para resolver sus problemas del momento. Si él no le ha puesto mucha atención a eso de hacerse un elevado intelectual es porque se conoce a sí mismo. Él sabe que posee la táctica indispensable para llegar a donde quiere. Comprende que en este mundo “lo que conviene a la casa, viene”.

Arriaga es uno de los más ilustres políticos profesionales con que cuenta Colombia. No nos extrañe cualquier día de estos nos sorprenda la noticia de que ha sido nombrado embajador ante la Santa Sede o elevado a la primera magistratura del país.

Me parece que Arriaga es un ciudadano que no guarda rencor a nadie. En cambio es muy orgulloso, gusta de las alabanzas y las camarillas. En sí él no es simpático, pero trata de serlo porque conoce su defecto. Ahora se ha inventado una sonrisa ministerial que lo delata. Sin embargo, sus secretarias dicen que “el doctor Arriaga es divino, es un platal, es fantástico, es sentimentalísimo, si no fuera…”.

A mí, particularmente, Arriaga me ha tratado con mucha gentileza; pero yo sé que ello se debe a que mi papá es jefe liberal en un pueblo del Chocó.

Con López desde Getsemaní hasta el Gólgota

Si Arriaga comete errores como liberal, el lopismo se los perdona. Él ha puesto el pecho en defensa del presidente López. Primeramente, fue en el Chocó, vísperas de las últimas elecciones presidenciales, donde Arriaga demostró su vigor. En Istmina comprendían que su presencia quitaba las postreras esperanzas del triunfo al antilopismo en el Chocó y resolvieron eliminarlo del campo. Habiéndose dado cuenta de la llegada de Arriaga a Cértegui dirigieron a sus colegas un telegrama, más o menos en estos términos: “Señores X, X. Sírvanse informarnos día, hora y vía. Seguirá Arriaga, Baudó”.

Afortunadamente el telegrafista que recibió el mensaje era lopista discípulo de Luis de Greiff, y uno de los nombres a los cuales iba dirigido el telegrama pertenecía al de un pariente cercano de Arriaga. Toda la ciudadanía se puso en movimiento para respaldar al caudillo liberal.

Conocido el telegrama el mismo Arriaga escribió la respuesta, naturalmente bajo datos equivocados. El suceso fue avisado inmediatamente al ministro de gobierno, quien, ipso facto, autorizó al intendente poner a disposición de Arriaga la policía necesaria para su custodia.

Y a la hora cero de nuestras instituciones democráticas, cuando el ilustre cabeza del liberalismo, Alfonso López, tuvo que entregarse en manos de los pecadores, en el mismo sitio en que la ingratitud pidió la cabeza del general Nariño, Arriaga fue el discípulo que acompañó al maestro en la calle de la amargura; fue Verónica; fue el buen ladrón que hoy está con López en el paraíso. El golpe de Pasto, dio a Arriaga, en la historia, un puesto al lado del presidente López. Por eso Alfonso López, hombre grato, jamás olvidará la persona del actual ministro chocoano.

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