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Home Cultura Literatura

Tarde de agosto. Por Arnoldo Palacios.

Chocó 7 días by Chocó 7 días
19 septiembre, 2021
in Literatura
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Tarde de agosto. Por Arnoldo Palacios.

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Tarde de agosto. Por Arnoldo de los Santos Palacios Mosquera

Publicado en Sábado el 18 de septiembre de 1948

I

La mañana amaneció gris. Temprano me levanté, y estuve observando la yerba húmeda. No húmeda por el murmullo del arroyo, sino por el rocío que gemía en el viento todavía. Parecía que la tempestad de anoche había sido inclemente; la única flor del jardincillo, orquídea florecida en la macetera colgada bajo el durazno, estaba mustia, desgarrados sus pétalos azul-lila, amarillo-dorado mariposa.

Las nubes grises cubrían el horizonte. Ni un cálido hilo de oro se escapaba del firmamento. El frío derretía su hielo hasta mis huesos. Oí unas campanadas, como si estuviesen doblando dentro de mi corazón.

II

Ayer estuve contemplando el retrato de mi hermana. Una vieja fotografía borrada al paso de muchos caminos y lluvias, en viajes interminables. Mi hermana me había prometido ayudarme en cuanto más pudiera, hasta cuando yo me hiciera hombre. En el retrato advertía yo los hoyuelos eternos de sus mejillas sonreídas. Hoy speraba saber de ella.

Descendí del umbral de la puerta de mi cuarto, frente al jardincillo. Me abroché la bata hasta el cuello, y con el rocío matinal sobre mi cabeza, me incliné a acariciar la orquídea deshojada. No sentía el aleteo de los pajarillos que me despertaban trinando en la copa del árbol. La tempestad los había recluido. Me parecía que la flor respiraba rendida, y que había deseado el calor de unas manos, para volver a vivir. Le conversé en silencio y ella me habló también, en el lenguaje puro de las flores, de las fuentes y de la música.

“De aquí al mediodía habré muerto”, me dijo.

En esos instantes sonó el timbre. De seguido el silbo presuroso del cartero. Alguien pronunció mi nombre en una pregunta. Un aletazo del corazón me incorporó, y solté la florecilla muriente. ¿Por qué debía de ser a mí? ¡Dios! El gris rocío me sopló el rostro. Suspiré viendo morir mi orquídea, y me enjugué la frente húmeda con el dorso de la mano. Una persona frente a mí tenía un mensaje.

III

Me quedé petrificado. Al oriente, las curvas de los cerros humeaban de un gris que devoraba tiernos haces de luz. Un abismo imperturbable me separaba de la esperanza y de la alegría.

Mi hermana reposaba ahora en un cementerio que yo no conocía. No se había despedido. ¡Cómo hubiera querido alentarla cual la orquídea que acababa de expirar en mis manos!

De nuevo en mi cuarto lo sentí sombrío y yerto como jamás. Sobre la mesa el retrato borroso. Pensé en las callejas empedradas de mi pueblo. En sus casitas de paja, azuladas entre la neblina del amanecer del bosque. Ríos playados de espumas luminosas y granadillas. Sus estrechos caminos que nos llevaron mil veces al misterio de la selva…

IV

Hoy era un día de agosto. ¡Agosto! Los umbrales de un agosto deshojado en mi infancia. Entre las niñas de la escuelita de mi pueblo, las adolescentes de mi edad, yo había empezado a amar a Tulia, canela, linda y guapa. A la hora del recreo corría ella sobre la grama verde, tras las mariposas. O se trepaba al limonero crecido a la orilla de la fuente. Los demás niños también la querían.

La llamábamos: Tul…

Pero la tarde que digo no sonó la campanilla de la escuela. Gimió en cambio el viejo bronce de la capilla: ¡Ding!… ¡Ding!… ¡Dong!…

Acudimos a la iglesita, y formados en dos filas los niños y las niñas, salimos cortejando un rústico ataúd, pintado de negro humo y hecho por todos los carpinteros del pueblo durante la noche…

A los últimos faros del crepúsculo, luces desangrándose bajo la fronda de recios algarrobos, troncos erguidos entre sepulturas y cruces de madera, los compañeros de Tul regresamos con las pestañas húmedas y las mejillas salobres. En nuestras manos temblaban algunas flores blancas, desprendidas de la corona que habían elaborado al peso de la noche todas las niñas y la maestra, con flores silvestres recogidas por nosotros a la guardia de un ardiente lucero en la montaña.

V

Se partió el día. Las nubes grises se disiparon y el sol infundió alegría a los transeúntes. Las hojas de los árboles y el pasto marchito palpitaron.

Yo seguía angustiado. Desde cuando en el jardincillo humedecido, expiró la única flor junto a mi corazón. Estuve largas horas vagabundeando. Deteniéndome bajo los árboles. Arrojando arenillas sobre las ondas de los lagos del parque. Anhelaba yo recobrar la fuerza. Aferrarme a algo. A una hebra de cabello. Reclinarme en los hombros de alguien más fuerte que yo.

Tal vez era necesario buscar el regazo de una amiga. Ir a ella para que devolviera alientos a mí alma estrujada por la inclemencia de la naturaleza y el grito de la más delicada fibra del universo. Estar junto a ella. Embriagarme de afecto. Por recobrar la fuerza me le acerqué. A ella, la forjadora de alegría.

VI

Conocí a Cati en los días de la revolución. Me invitaron a visitarla en la clínica donde me la presentaron. El olor de las drogas, el silencio, los hombres y mujeres con blusas blancas, la sala de cirugía, un rostro agónico en la sala número siete: la llovizna incesante de aquel día de abril herido, no los podré olvidar.

Cati me recibió con una sonrisa eterna en mi memoria. Le ofrendé mi mano y ella me la estrechó fuerte. Me encantó su rostro de líneas rectas y naufragué en el afecto azul de sus ojeras.

No demostraba fatiga. No estaba marchita su tez, ni se advertía decaimiento en el brillo de sus ojos. Sobre la pequeña mesa había algunos libros: vasos de vino espiritual vertidos de la pluma de Romain Rolland. Por varias veces se acercó la enfermera a recomendarle a nuestra Cati, no hablar, ni recibir visitantes. Ella no permitió que nos retirásemos.

Pasó mucho tiempo sin que la viera. Yo no sabía de Cati y la buscaba especialmente en mí mismo. La tenía más dentro de mí que afuera, pero necesitaba localizarla. Quería tenerla entre mis manos como acaricié la orquídea muriente. Tal vez yo sabía su dirección. Pero no había ido a su casa, o no la había encontrado. ¿Cómo podía valerme de una dirección convencional, si yo la buscaba en mí mismo? Necesitaba fuerzas, y comprendía que sólo ella, penetrando en mí con afecto me daría fuerzas.

VII

Hoy me acerqué a ella para tornar a contemplar el cielo y la luz de su casa. Se sentó en un sofá. Se alegró al verme a la puerta y me ordenó sentarme en el mismo, junto a ella.

−No habías venido −me dijo, en tono de reproche.

−Ya vine −le dije.

−Has debido venir antes −arguyó.

−No te había encontrado.

−Siempre estoy en casa.

−Pero no te he olvidado.

−¡Tan querido! −exclamó para sí.

−Estás preciosa.

−No me habías visto sino en la clínica.

−Sí.

−No te irás todavía…

−Dentro de una hora.

−¡Imposible!

−Un poco más.

−Me acompañarás toda la tarde.

−Hasta las cuatro.

−Hasta las seis y media.

−Hubiera querido verte desde antes.

−Yo también, Cati.

−He sufrido mucho.

−Esa es la vida.

−Pero yo he sufrido demasiado.

−¿Qué tienes?

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−Por eso te dije que había ido a la clínica a olvidar.

−Me acuerdo cuando me dijiste eso. No entendí.

−Yo quería hablarte.

−No dijiste más.

−Hoy quería hablar con alguien.

−Yo también.

−Ahora necesita trabajar.

−No. Debes descansar todavía.

−Debo mucho dinero.

−Esperar…

−Imagínate dos meses en la clínica.

−Paciencia.

−¡Qué bueno un amigo como tú!

−Mejor una amiga como Cati.

−¿Sabes?

−¿Qué?

−Quiero contarte algo.

−Hoy he pasado un día terrible, Cati.

−Apenas he empezado a olvidar. Quisiera olvidar.

−Olvida entonces.

−Pero, ¿cómo se olvida?

−Proponiéndose olvidar.

−Pero, ¡cómo!

−Yo he logrado olvidar así.

−Enséñame.

−Es duro. Sin embargo se logra.

Y me contó que apenas tenía veinte años. Y que cinco años atrás estudiaba en un colegio aristocrático, en el cual como todo colegial, pasó de los más felices días. Se enamoró de un estudiante, en el mes de julio se casaron. Nadie más que los dos presenció el compromiso, ante un sacerdote católico. No regresó a dormir a la casa. Al principio él la llevaba al teatro, y después paseaban algunas horas bajo la noche tibia. Hicieron un viaje al pueblo de Cati, y en casa de esta la madre, parientes y amigos organizaron un baile aquella noche. Todos esperaban que él bailara con ella la primera pieza.

Se alcanzaba a sentir la expectativa. Él bailó con otra muchacha la primera pieza. Hubo cierta descomposición de la fiesta, y Cati se retiró a llorar. No necesitaba confesar su llanto. Más tarde a él le dieron un cargo público en otra ciudad. Vivían en un pequeño apartamento, donde Cati misma preparaba con cariño la comida y lo aguardaba con ansiedad. Una tarde, al regreso de hacer compras, sorprendió a su marido con otra muchacha, en el mismo apartamento donde Cati lo amaba. Él le dijo que no era nada. Cati hizo esfuerzos para no separarse de él todavía. Además, no quería ir a su casa, porque su madre no había aprobado el matrimonio. Ella le prometió quedarse con él pero únicamente para servirle como a un simple amigo. Lo trasladaron a él a un pueblecito. Cati consintió acompañarlo debido a estar próxima a tener un niño. ¡El niño! Toda su esperanza ahora. ¡El niño! En aquel pueblecito Cati no salía. Aunque hacía mucho calor ella se pasaba los días en casa. Al fin resolvió pasear con una amiga cierta tarde. En lo apartado del centro del pueblo, vio a su marido saliendo de una casa con la misma chica del otro día. Cati, sin pronunciar palabra, se apoyó al hombro de su amiga rogándole que la sostuviera porque iba a desmayarse. La amiga la condujo a la casa. Y Cati estuvo de muerte horas después. Perdió el niño. El hombre le pidió perdón. Pero era imposible continuar con Cati a su lado.

Cati se dedicó a viajar, a cruzar muchas fronteras, buscando en otros caminos aliciente para vivir. Era inútil. Las grandes capitales, los puertos alegres, el movimiento de los vehículos hacia tierras exóticas; la primavera, el otoño, el invierno, el verano, en otras regiones; nada podía arrancar las terribles sensaciones que Cati había vivido tan temprano. Regresó. Muchas ocasiones intentó volvérselo a encontrar… Ahora acababa de salir de la clínica. No sabía por qué, pero en la clínica lo había empezado a olvidar. Tal vez lo olvidaría definitivamente. Observé las azucenas, en el florero colocado sobre la mesita en medio de la sala. Me puse en pie, dirigiéndome hacia la ventana. Cati me siguió.

Tarde azulada. El cielo limpio. De un verde desteñido veíanse las cumbres y faldas de los cerros. Cati miró al oriente, y me mostró las amarillentas peladuras de la montaña que se le parecían pequeños caminos hacia el nunca más. El sol, se hundía a nuestras espaldas, y una luz roja iba encendiendo el verde de la cumbre, y pintando con arreboles el cielo claro.

Cati y yo, más todo aquello que veíamos y sentíamos, se unía no sabíamos dónde.

Con la imagen de muchos senderos de la tarde, Cati se dispuso a acompañarme en un paseo por la ciudad. Entró a su alcoba, y al instante se me apareció risueña, contenta, sencillamente ataviada bajo el abrigo negro de gabardina, y cubriéndose la cabeza con una pañoleta que ostentaba dibujado el plano de una ciudad lejana, por donde Cati había deambulado, cuando quería olvidar.

Salimos. Y permitió que la retuviera a mi lado toda esta inolvidable tarde de agosto.

Todavía mi vestido me embriaga con la fragancia del perfume de sus

manos. El aire sacude en mi rostro la brisa de sus cabellos.

VIII

Se hundió el sol, y las sombras galoparon sobre la llanura. Ella me tomó el rostro entre sus dedos de rosa viva y humedecida, elevándome los ojos al infinito. Y cuando advertí que podía ya beberme la luna estelada, sólo entonces se fue.

−Hoy he vivido una tarde inolvidable −confesó.

−Tarde de agosto −dije.

IX

Volví a mi cuarto y trabajé largamente entre mis papeles ajados y mis viejos libros. Antes de acostarme besé el borroso retrato de mi hermana. Mi hermana que reposaba en un cementerio que yo no conocía. Me dormí pensando en mi madre que me enseñó a creer en la amistad. Y, sobre mi corazón sentía a Cati, transformada en la orquídea del amanecer.

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